Wednesday, August 09, 2006

EL PARQUE DEL PERIODISTA - MEDELLÍN

Eran las 8:00 p.m. cuando llegamos al Parque del Periodista. Pensamos que la lluvia sería un impedimento para que estas personas se reunieran allí, pero al llegar a la esquina sobre Maracaibo, nos encontramos a nuestra derecha con un grupo de metaleros y en el parque con una aglomeración de personas, en su mayoría, entre los 18 y 35 años disfrutando el espacio público. Para algunos, el pavimento mojado no era un obstáculo para sentarse sobre la acera, en los muritos de las jardineras o alrededor de la escultura de Edgar Gamboa o el busto de Manuel del Socorro Rodríguez, fundador del periodismo en Colombia.

Los habitantes de la esquina son un grupo de 15 a 20 metaleros que permanece de pie mirando a los transeúntes pasar sin mezclarse con el resto de individuos. Su definida indumentaria caracterizada por el uso de camisetas, pantalones, faldas, gabanes, botas negras y correas negras con taches plateados hace evidente la diferencia con el resto de asiduos visitantes.

Entre los habitantes del parque, a pesar de ser una comunidad flotante, se observa una gran familiaridad dados los permanentes encuentros eufóricos que ayudan a conformar fácilmente nuevos grupos de conversación. Si hubiésemos tomado una fotografía cada 5 minutos, no hubiesen sido iguales porque el desplazamiento entre muchos de los grupos es alto. Las personas que conforman un corrillo de 2 a 5 personas no podrían ser descritas bajo el mismo patrón. Cabellos cortos, largos, cabezas rapadas, hombres de trenza o con rastas, cachuchas, gorros de alpinista, boinas, bufandas, chaquetas de jean o cuero, tenis, botas, morrales a la espalda, una que otra mochila y bolsos de lona cruzados al hombro, camisetas, pantalones de colores oscuros (no necesariamente negro) y ausencia de celulares son muestra de la diversidad de este grupo. Es escaso ver mujeres voluptuosas de cabellos tinturados, ropa ajustada y tacones. Predominan las mujeres sin maquillaje, con cabellos al natural y ropajes sin adornos lo que las diferencia de mujeres de otros lugares de la ciudad, tales como el Parque Lleras.
Fuera de estos asistentes, el lugar es visitado por más de 10 vendedores ambulantes, niños y adultos, que con sus cajas, coches y bandejas ofrecen una variedad de dulces, chicles y cigarrillos entre los círculos de personas en el parque e, inclusive, entre los clientes de El Viejo Vapor y El Guanábano, los bares más antiguos en esta zona, cuyas paredes se llenan de afiches que promocionan eventos, entre los cuales nos llamó la atención el Mercado de Alimentos Orgánicos que se realiza el tercer fin de semana de cada mes.

Para muchos, la noche es la excusa perfecta para el encuentro. Entre cervezas o aguardiente en vasos plásticos y en caja, cigarrillo y un pucho de marihuana compartido se tejen conversaciones, tertulias y manifestaciones de cariño entre individuos del mismo sexo o del sexo opuesto. La ausencia de música, a excepción de un joven que tocaba la guitarra para su grupo de amigos y el eco de la música de los bares, le dan espacio a la palabra y al encuentro cara a cara con el otro.

En el costado sur del parque se encuentra la obra del escultor Edgar Gamboa que recuerda el asesinato de nueve jóvenes en Villatina. Como expuso el periodista Jaime Horacio Arango en su artículo Obra para no olvidar la barbarie de la edición del 25 de febrero de 2004 de El Colombiano, periodistas y familiares de las víctimas no se explican por qué la obra fue ubicada en este lugar. Sin embargo, los habitantes del parque parecen haberla incorporado en su hábitat: se ubican bajo el paraguas del carrusel, uno que otro danza y adorna la bailarina, otros se sientan sobre la bicicleta, abrazan al que esta sentado en una de las bancas, e incluso, un jíbaro utiliza como caleta una de las mangas del niño que esta sentado con su grabadora. Otra de las manifestaciones de un artista callejero que nos llama la atención son dos réplicas de las estrellas de la muerte de la campaña del Ministerio de Transporte pintadas sobre una de las aceras del parque.

Después de transcurridas dos horas, y antes de despedirnos de aquel sitio en donde fue constante olor a marihuana y el consumo de licor, aparecieron dos policías bachilleres que tímida y rápidamente atravesaron el parque para desaparecer en la oscuridad hacia la calle Caracas.
Cuando llegamos a este escenario juvenil esperábamos encontrarnos con grupos de hippies, de metaleros, de punkeros o de góticos muy definidos. Sin embargo, vimos una mezcolanza de indumentarias y gustos que dan muestra de la heterogeneidad del grupo. Esto es lo que, en parte, García Canclini llama hibridación y que, describe, va acompañado de la caída de viejos repertorios (Barbero 1992: 129). En nuestro caso, pensamos que debido a este fenómeno, los habitantes del parque contribuyeron a mover las fronteras que definían a las tribus urbanas predominantes durante las dos décadas anteriores para dar paso a un nuevo grupo, que el psicólogo Edwin Montes Marín (2005) en su artículo Escenarios Juveniles Urbanos, llama crossover. Esta nueva construcción de identidad como producto de un proceso de mundialización por la lectura y apropiación de valores adaptados a las condiciones locales, se relaciona con lo que Roland Robertson llama glocalización (López 2004: 21), fenómeno en el que se presenta un juego entre lo global y lo local que tiene como resultado procesos de hibridación.

Como lo cita Barbero (1992: 133), Castells afirma que muchos se resisten a la desespacialización y desterritorialización para devolverle sentido a la vida, dado que con estos fenómenos perdemos nuestra identidad política y cultural. Consideramos que estos habitantes del parque, conforman un grupo de ‘resistencia’ en un intento por mantener su territorio como espacio vital cultural en donde puedan expresar libremente sus ideas y sentimientos y promover la desmasificación y mestización de los consumos que engendran diferencias y formas de arraigo locales - Mercado de Alimentos Orgánicos - (López 2004: 22), dándose de esta manera un proceso de reterritorialización.

La ausencia de celulares dentro de este grupo y del prototipo de mujer que se encuentra en otros escenarios de Medellín, producto de la publicidad, lo vemos como una forma de resistencia al post-modernismo y a la masificación consumista que nos impone la sociedad actual. Consideramos que su indumentaria y su comportamiento sin artificios ni complicaciones son manifestaciones de la forma como este grupo ha elegido habitar el planeta, tal como lo menciona Jesús Martín Barbero (1992: 124).

Consideramos que su forma de vida, de presentarse ante la sociedad y el grupo que representan es desvalorizado por la cultura hegemónica de Medellín. Esta afirmación se hizo evidente durante la planeación de nuestra visita al parque, en la que amigos y familiares nos advirtieron sobre los riesgos de meternos en un lugar al que no pertenecemos y en el cual podíamos ser no solo excluidas, sino violentadas. No obstante, al final de nuestra visita, concluimos que este grupo se mostró apacible y tolerante frente a la diferencia. Comprobamos que dichas advertencias fueron sobredimensionadas, probablemente por la estigmatización que recae sobre las personas que frecuentan este lugar.

Otra dinámica que acompaña la reterritorialización, según Montes Marín es la búsqueda de nuevos espacios alejados de la presencia vigilante adulta y de sus miradas que juzgan, reprueban y condenan, hecho que evidenciamos en el Parque del Periodista ante la ausencia de un ente regulador, lo cual permite que no sólo jóvenes sino también adultos utilicen este espacio para portar, preparar y consumir libremente marihuana y para usar heterogéneamente su vestuario, convirtiendo dicho espacio en otra zona franca de la ciudad.

Finalmente, consideramos que las interacciones cara a cara ocupan un lugar importante para este grupo, donde la palabra es el personaje protagónico en este espacio que sólo recibe el eco de la música. Esta situación se presenta en contraposición al individualismo patológico, siendo una de sus manifestaciones actuales la utilización del chat que propicia encuentros virtuales, muchas veces, carentes de veracidad y autenticidad.

Como lo afirma Castells “cuando el mundo se vuelve demasiado grande para ser controlado, los actores sociales pretenden reducirlo de nuevo a su tamaño y alcance” (Juan de Dios López 2004: 22). Concluimos que la manifestación de resistencia de estos habitantes del parque es una muestra más de otro grupo que busca una identidad propia la que, a su vez, le da vida a su territorio y a la ciudad, que no sería la misma sin la interculturalidad que en ella se presenta.

(Escrito con Sandra J. Valencia)